La tienda olía a algodón nuevo y a madera sin barnizar, y Leonardo sostenía en alto un móvil de cuna con estrellas de fieltro como si fuera un objeto peligroso.
—Este es horrible —dijo, dándole vueltas entre los dedos para verlo girar—. Parece que le tengo miedo, y eso que ni siquiera nació.
Clara le quitó el objeto de las manos, conteniendo la risa, y lo dejó de nuevo en el estante. Era un local pequeño de barrio, muy lejos de las boutiques que la familia Moretti habría considerado apropiadas