—Entonces qué queda —repitió Clara, esta vez en voz más baja, casi como si hablara consigo misma en lugar de exigirle una respuesta a él—. Si no puedes usar la ley, ni el apellido, ni la presión de tu familia para traerme de vuelta, ¿qué te queda, Leonardo?Él se levantó del sillón donde había pasado la última hora sin tocarla, y caminó hasta la ventana con las manos en los bolsillos, como si necesitara poner distancia física entre ambos para encontrar las palabras exactas que la pregunta merecía.—Me queda elegirte —dijo, sin darse la vuelta todavía—. Cada día, sin garantía de que eso alcance, sin ningún documento que me obligue a cumplirlo ni ninguna cláusula que te obligue a creerme. Solo elegirte, aunque tú no me elijas de vuelta. Aunque pase un año y sigas sin confiar en que esto es real.Clara sintió que el aire de la sala se volvía más difícil de respirar, no por incomodidad, sino por el peso concreto de una declaración que no llevaba ninguna de las condiciones que ella había a
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