Sofía acumuló toda la fuerza de su cuerpo en los brazos y lo empujó del pecho con un grito de rabia, logrando romper el agarre. Dio varios pasos hacia atrás, respirando de manera agitada, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano con un gesto de profundo desprecio, como si intentara arrancarse de la piel el rastro de esa agresión. Sus ojos, inyectados en sangre por la humillación, se clavaron en él con una furia destructiva. —¡No vuelvas a tocarme en tu miserable vida, Joel! —le gritó Sofía, su voz temblando por la indignación, pero cargada de una autoridad que nunca antes había tenido—. Me das asco. Eres lo más bajo, repugnante y podrido que he conocido. Sal de esta casa ahora mismo antes de que llame a la seguridad del edificio y te saque a patadas como el delincuente que eres. Joel, lejos de intimidarse, se acomodó el cuello del saco y soltó una carcajada cínica, una risa seca que resonó en las paredes del penthouse. Se relamió los labios, mirándola con una suficie
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