Después del almuerzo, Sofía subió a su habitación. Necesitaba un momento a solas. Se paró frente a la ventana, mirando los edificios de la ciudad, y cerró los ojos con fuerza. Por dentro, se sentía agotada. Todo estaba pasando demasiado rápido: el escándalo, el anillo, la boda en una semana. Sentía que el mundo se le venía encima. De pronto, sintió que la puerta se abría. Gerard entró en silencio y se acercó a ella por la espalda. Sin decir nada, la tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo, dándole un beso suave en el cuello. Sofía se quedó totalmente quieta. No sabía qué era exactamente, pero había algo en Gerard que la dominaba por completo. Cada vez que sentía su perfume —ese olor a hombre elegante y seguro—, perdía todas las fuerzas para quejarse o alejarse. Era como si él tuviera un control total sobre ella. A pesar del cansancio y de que sabía que todo esto era parte de un plan, en sus brazos se sentía protegida y, al mismo tiempo, desarmada. No pudo hacer nada más que
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