Pasaron las semanas y la vida de Sofía se convirtió en una montaña rusa de emociones. Por un lado, su relación con Doña Leonor era cada vez más estrecha; la anciana ya no la veía como una extraña, sino como su confidente. Sofía pasaba tardes enteras con ella, aprendiendo los secretos del manejo familiar, y sentía que el cariño de la matriarca era sincero, casi como el de una madre que nunca tuvo.
Pero mientras ganaba terreno en la familia, sentía que lo perdía en su propio hogar. Claudia se