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El mensaje de Camila me dejó helada.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono durante lo que me pareció una eternidad. Las letras brillaban en la oscuridad de la habitación como un faro amenazante. «Te quedan cuarenta y ocho horas.» Cuarenta y ocho. El plazo se acortaba. La soga se apretaba. Y yo seguía allí, tumbada en una cama de sábanas de seda, junto a un hombre que dormía sin saber que el reloj acababa de adelantarse.
—¿Luna?
La voz de Sebastián me sobresaltó. Creía que estaba dormido