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Nunca en mi vida me había puesto más nerviosa.
Ni el día del examen de enfermería. Ni la primera vez que tuve que poner una vía a un paciente con las manos temblorosas. Ni siquiera cuando el banco me llamó para decirme que iban a embargar la casa de mi abuela. Nada, absolutamente nada, se comparaba al pánico que sentía ahora, sentada en el sofá del salón principal de la mansión Del Valle, esperando a que el equipo de televisión terminara de ajustar los focos.
—Estás pálida —dijo Sebastián a