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Camila Roth vivía en un ático de tres plantas en el corazón de la ciudad.
No lo sabía porque hubiera estado allí —que no era el caso—, sino porque las revistas de sociedad llevaban años publicando reportajes sobre aquel lugar. «El nido de la reina del estilo», lo llamaban. «Un santuario del lujo donde cada mueble cuenta una historia.» Las fotos mostraban ventanales de cristal que iban del suelo al techo, lámparas de diseño italiano y una terraza con piscina climatizada desde la que se veía