El otoño llegó a la mansión con una suavidad que parecía hecha a medida. Las hojas de los árboles empezaban a teñirse de dorado y naranja, y el jardín, que durante el verano había sido un estallido de verdes, ahora se vestía con los colores de la despedida. Pero no era una despedida triste. Era una despedida que anunciaba un nuevo comienzo.El roble que habíamos plantado meses atrás ya había echado raíces profundas. Sus ramas, aún pequeñas, se mecían con el viento como si saludaran a todos los que pasaban. Don Ernesto, desde su silla de ruedas, lo observaba todas las mañanas con una sonrisa que no necesitaba palabras.—Crece rápido —dijo una mañana, mientras yo me sentaba a su lado con una taza de té.—Crece con nosotros —respondí.Él asintió, y su mirada se perdió en el horizonte.Los días pasaron y llegó aquel amanecer con una luz suave, como si el cielo supiera que esa mañana no necesitaba grandes anuncios. La mansión estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era uno de qu
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