MAXIMILIANO.Me quedo ahí, suspendido en ese espacio agónico donde el beso parece inevitable, pero no cierro la distancia. Quiero que sufra un poco más. Quiero que entienda que el control, aunque ella sepa jugar muy bien, siempre termina en mis manos. Su mano sigue en mi pecho, sintiendo cómo mi corazón golpea con fuerza, y por un segundo, el silencio de la cocina es tan denso que casi se puede tocar.—Si quieres ese beso, Maximiliano, vas a tener que ganártelo fuera de esta cocina —murmura ella, con una sonrisa que es puro veneno—. Porque por ahora, solo eres el hombre que me preparó el desayuno.Se queda inmóvil, esperando mi siguiente movimiento, con los labios entreabiertos y la mirada fija en los míos.—Dime que no te mueres porque lo haga, Victoria —le susurro, bajando la voz hasta que es una vibración oscura contra su piel—. Admite que tú también me deseas. Que esto no es solo por los cinco millones.—¿Cómo estás tan seguro, Maximiliano? —responde ella, aunque su voz la traicio
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