DESPRECIABLE. 2
VICTORIAMe detengo en seco antes de tocar la manija de la puerta. Una oleada de desprecio me recorre el cuerpo, pero también la certeza de que no puedo irme sin sacar la última carta que tengo guardada y todo lo que le desprecio. Me giro despacio, clavándole los ojos.—Ya me di cuenta de que también me engañaste con el tema de mi infertilidad —le digo, con una voz baja, pausada y filosa como un bisturí.Adel abre los ojos de par en par, perdiendo toda la soberbia en un segundo. El rostro se le desencaja por completo al verse descubierto, y por primera vez desde que entré a la habitación, noto un destello de pánico en su mirada. Intenta formular una palabra, pero la boca se le queda abierta, seca.—Sí —continúo, dando un paso lento hacia su camilla, disfrutando de su obvia caída—. Sé perfectamente lo que hiciste. Sé que planeaste con el personal médico de la clínica para que me mintieran, para que me dijeran que el problema era mío. Me daban placebos, malditas pastillas de azúcar, mie
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