VICTORIA.
El hombre de traje gris sonríe, ensanchando la mirada al confirmar la identidad de Max.
—¡Vaya, sabía que no me equivocaba! —exclama el tipo, con un entusiasmo que no encaja con la rigidez habitual de la gente que rodea a los Markov.
Trae a una mujer joven sujeta de la mano, una chica de aspecto elegante que observa la escena con curiosidad. Max mantiene el rostro serio, escaneando al intruso sin mostrar el menor indicio de reconocimiento. La tensión se siente en el aire hasta que el