Llegué a Ciudad de Guatemala buscando aire, y me encontré con la Zona 10. Edificios de cristal que desafían al cielo, centros comerciales inmensos y un ritmo que nunca se detiene. La empresa me instaló en un hotel elegante; podía ir caminando a la oficina, rodeada de jacarandás y un aire de modernidad que me hacía sentir, por fin, una mujer de mundo.Mi refugio diario era la terraza del hotel. Cada noche, después del trabajo, me sentaba frente a la piscina con una cerveza fría, viendo las luces de la ciudad. Pero al llegar el primer fin de semana, la soledad empezó a pesar.—Sin auto, señorita, aquí solo hay centros comerciales —me dijo el camarero mientras me servía el desayuno—. El zoológico queda cerca, pero lo demás es muy lejos.Apenas el joven se retiró, un hombre se sentó frente a mi mesa con una seguridad que me resultó familiar.No encajaba en el estereotipo del guatemalteco promedio; era alto, de aproximadamente 1.80, con la piel de un tono cobrizo elegante, cabello negro y
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