El Número 13 llegó a mi vida con un sonrojo. Era un cliente importante de la oficina, un hombre acostumbrado al trato profesional, pero en cuanto nuestras manos se rozaron en un saludo formal de bienvenida, vi cómo un rojo intenso y delator le subía por las mejillas. En mi mente apareció una palabra instantánea, casi burlona: Cosita. Me dio ternura, pero una ternura peligrosa. De esas que no te invitan a proteger al otro… sino a probarlo, a ver hasta dónde es capaz de llegar. En ese mismo instante, con la soberbia que me había dado mi paso por Guatemala, me hice una apuesta conmigo misma: ¿cuánto tardaría en tenerlo completamente rendido a mis pies? Ya no buscaba amor, ni refugio, ni promesas. Buscaba confirmación de mi propio poder. En nuestra primera cita, el destino decidió intervenir para recordarme de dónde venía. Estábamos en un restaurante exclusivo cuando, al levantar la vista, mis ojos se cruzaron directamente con los de Norlan. No estaba solo. Y, por supuesto, la muje
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