—¡Ahora! —la voz de Valerius resonó en la mente de Sia como un latigazo eléctrico, cargado de una urgencia que no permitía dudas.Sia no esperó a que el polvo se asentara. Se giró sobre sus talones y corrió. Su estatura, que siempre había sido objeto de burlas y desprecio en la manada, se convirtió en su mayor bendición en ese instante. Se agachó, pasando por debajo de las mesas volcadas, moviéndose entre las sombras de las piernas de los guardias confundidos que gritaban órdenes contradictorias en medio de la negrura absoluta. El vestido de lino se enganchó en una astilla de madera de una silla rota, desgarrándose lateralmente desde la cadera hasta la rodilla, dejando su piel pálida expuesta al aire frío del palacio, pero ella no se detuvo. Cada paso era un pinchazo de dolor en su espalda baja, pero la meta era la puerta de servicio.Caspian gritó de rabia, enviando ráfagas de luz azul a ciegas por el salón, quemando cortinas de terciopelo y muebles costosos, pero Sia ya estaba fuera
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