El viento de la costa golpeó el rostro de Sia, arrastrando partículas de sal y espuma que se mezclaron con el hollín reseco de sus mejillas. A su espalda, el abismo de ochenta metros se abría como una garganta negra dispuesta a devorarlos; al frente, la hilera de doce hombres de la guardia de Caspian permanecía fija, con las flechas apuntando directamente a sus pechos. Caspian mantenía la mano apoyada en el pomo de su daga, con una sonrisa que destilaba el triunfo de quien se sabe dueño de las vidas ajenas. Selene, a pocos centímetros del borde, temblaba de tal manera que el tejido azul de su capa golpeaba sus propias piernas con un ritmo frenético. Su fachada de la mujer tipica de la nobleza se había desintegrado, estaba reducida al miedo más elemental.—No voy a regresar a tus mazmorras, Caspian —le dijo Sia, y a pesar de su baja estatura, el tono de su voz poseía una intensidad que obligó a los hombres de Capian a mantener la tensión en los dedos—. Prefiero que el mar destruya mi c
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