La negrura se tragó a Sia con una fuerza que no esperaba. No sintió dolor físico, sino una ausencia total de peso y de dirección. El ruido del desfiladero, los gritos desesperados de Valerius y el viento de la montaña desaparecieron en un segundo. Se quedó en medio de la nada, pisando un suelo que no existía, rodeada de nubes oscuras que se movían muy despacio. En sus brazos, el peso de Leo se sentía real, pero cuando miró hacia abajo, vio que la manta del niño ya no emitía esa luz plateada. La oscuridad devoraba todo rastro de energía, dejándola sola con sus pensamientos y con el latido acelerado de su propio corazón.Sia dio un paso, luego otro, intentando mantener la calma que siempre usaba frente a sus enemigos. Sus pies descalzos tocaron de pronto una superficie lisa y tibia, muy diferente de la piedra caliza exterior. El humo gris que la rodeaba comenzó a abrirse, revelando un espacio que reconoció de inmediato. Era la biblioteca del palacio del norte, pero no estaba destruida ni
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