Sia apretó los dientes, tragándose el nudo de horror que amenazaba con ahogarla. Acomodó el cuerpo ciego de Valerius contra su costado, sintiendo el temblor de sus dedos delgados buscando un punto de apoyo en sus hombros. La vulnerabilidad del ex Alfa, un hombre que antes gobernaba con la mirada, ahora reducido a la oscuridad absoluta por proteger a su sangre, encendió en el pecho de la paria una mezcla de furia y un afecto retorcido, pasional, que barrió con los últimos restos de su fatiga.—Te dije que no hicieras estupideces, viejo —siseó Sia, forzando un tono sarcástico que no logró ocultar el temblor de sus propias manos—. Ahora vas a tener que confiar en mis ojos. No te sueltes de mi cuello si no quieres que te pise la vanguardia.—No me dejes... aquí afuera, Sia —murmuró Valerius, y su voz, desprovista de toda la soberbia militar del pasado, sonó como un ruego crudo, humano—. Si el viejo me atrapa así... prefiero que me claves tu propia daga.—Nadie te va a tocar —le prometió e
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