—Mírate, gran Alfa —siseó Sia, elevando el rostro para sostenerle la mirada debido a la notable diferencia de estatura. Su aliento, que aún cargaba con el rastro metálico de la sangre y el frío de la muerte de la que acababa de emerger, golpeó la barbilla del guerrero. El lino gris de su vestido, desgarrado desde las costuras del vientre, goteaba agua salada sobre las botas de cuero de Valerius, pero no había rastro de debilidad en su postura enderezada—. Estás cubierto de los remiendos que te