El llanto sordo del Alfa Verdugo humedeció la piel del cuello de Sia, fundiéndose con la sangre que emanaba de la herida recién abierta. Ella mantuvo sus dedos pequeños fijos en la nuca del Alfa, experimentando por primera vez el peso bruto de la conciencia de Valerius a través del lazo que acababa de magnificarse. La arrogancia que antes blindaba las facciones del comandante imperial se había disuelto en esa cabina infecta, dejando al descubierto las cicatrices de un hombre manipulado por su propia sangre.Sia dejó escapar un suspiro largo, sintiendo cómo la energía de Cristal multiplicada mientras se estabilizaban las pulsaciones de su vientre redondo, devolviéndole el control absoluto de su cuerpo.—Levanta la cabeza, verdugo —le dijo Sia, y aunque su tono careció del veneno que la caracterizaba con él, conservó la firmeza que desarmaba la soberbia del norte—. No te dejé marcarme para ver al comandante de la Manada de Hierro disolverse en remordimientos sobre mi pecho. El palacio n
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