El retumbo vibratorio de la perforadora de alta presión hacía temblar las paredes de piedra calcárea de la cueva inferior. Una fina capa de polvo blanco caía de las estalactitas, depositándose sobre las fundas de plástico transparente con las que habíamos cubierto la mesa de muestras.—¡Corta el flujo de aire, Kaan! —le grité al jefe de máquinas, señalando el manómetro de la plataforma—. ¡La presión del cabezal está en seis bares! Si sigues empujando a esa velocidad, vas a quemar la broca de tungsteno contra la capa de basalto.Kaan, un tipo fornido con los brazos cubiertos de grasa y hollín, tiró de la palanca de emergencia. El ensordecedor rugido del motor diésel descendió a un ronroneo grave y rítmico.—La roca es más dura de lo que indicaban tus mapas geológicos, Luna —dijo Kaan, limpiándose el sudor de la frente con el reverso de su guante de cuero—. Hemos pasado los doscientos cincuenta metros, pero el terreno se está volviendo compacto. Si no metemos refrigerante, la cabeza del
Leer más