Valentina salió de la casa sin mirar atrás. El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro, pero no sintió nada. Caminó descalza por el sendero de piedra hasta que llegó al pequeño mirador que daba al bosque. Allí se dejó caer de rodillas y finalmente soltó todo lo que había estado conteniendo.Lloró con tanta fuerza que le dolía el pecho. Lloró por el miedo, por la rabia, por el amor que sentía y por el terror de perderlo. Lloró porque sabía que, aunque le había dicho que no lo buscara, ella moriría si él no regresaba.Dentro de la casa, Alessandro seguía sentado en el suelo de la habitación, desnudo, con la mirada perdida. Las palabras de Valentina resonaban una y otra vez en su cabeza:“Si sobrevives… no me busques.”Se levantó lentamente, se vistió y tomó su arma. Cuando abrió la puerta principal, Marco lo estaba esperando afuera, apoyado en el auto.—¿Ya lo sabe? —preguntó Marco.Alessandro asintió sin decir nada.Marco suspiró.—Esto es una mierda, jefe. Ella tiene razón. Ir s
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