Tres días después.
La cabaña se había convertido en su pequeño mundo.
Valentina estaba de pie frente a la estufa, removiendo una olla de sopa que había preparado con lo poco que tenían. Alessandro estaba sentado a la mesa, limpiando y cargando armas con movimientos precisos y automáticos. El silencio entre ellos era cómodo, pero cargado.
De pronto, el teléfono satelital vibró sobre la mesa.
Alessandro lo miró y su expresión cambió al instante. Contestó sin poner altavoz.
—¿Qué tienes?
La voz de