Dos semanas después, la casa de Santa Elena se había convertido en una pequeña fortaleza.
Alessandro ya podía moverse con normalidad. La herida del pecho todavía le dolía cuando hacía movimientos bruscos, pero ya no necesitaba ayuda para caminar. Valentina lo observaba desde la cocina mientras él hacía ejercicios ligeros en el patio trasero.
Marco entró en la casa con una bolsa llena de provisiones y una expresión preocupada.
—Tenemos que hablar —dijo sin preámbulos.
Alessandro se limpió el sud