Alessandro terminó de colocar el último cargador en la mesa y se giró hacia Valentina.
—Ahora sí, escúchame bien.
Su voz había cambiado. Ya no era el hombre que la abrazaba en la cama. Era el jefe, el estratega, el que había sobrevivido años en ese mundo.
—Mi padre va a llegar en menos de 48 horas. No vendrá con poca gente. Traerá a su gente de confianza, la que no falla. Nosotros tenemos una sola ventaja: él no sabe que ya estamos preparados.
Valentina se cruzó de brazos, intentando parecer má