—Significa que tu farsa se terminó, Elena —sentenció Victoria, dando un paso más hacia el sillón con la postura rígida y los puños apretados.La abuela Martha se interpuso de inmediato entre su nuera y Victoria, golpeando el suelo con su bastón. Su rostro anciano, por lo general pacífico, se tiñó de una severidad absoluta.—¡Suficiente, Victoria! No voy a tolerar que vengas a gritar de esa manera en esta casa, y mucho menos frente a una mujer embarazada —reprochó la anciana, sosteniéndole la mirada con firmeza.Victoria soltó una carcajada amarga, señalando el papel arrugado que yacía sobre la mesa de centro. —¡¿Embarazada?! ¡Esa mujer no es más que una oportunista que nos vio la cara a todos, suegra! Mírela, ahí tiene a su nieta política ideal. Una mujer que firmó un contrato para vender al hijo que lleva dentro a cambio de un puñado de billetes.Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Intentó ponerse de pie apoyando las manos en el brazo del sofá, pero sus piernas n
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