Victoria guardó silencio al escuchar la pregunta de su hijo.
Su orgullo aristocrático se agitó dentro de su pecho, pero la imagen del rostro pálido de Elena, retorciéndose de dolor apenas unos minutos antes, cruzó de repente por su mente. Lanzó una mirada hacia la puerta de la habitación, firmemente cerrada, y exhaló lentamente, intentando contener el temblor de preocupación que por un instante había logrado dominarla.
—No quiero destruir nada, Diego —dijo Victoria. Su voz se había suavizado, a