—¿Por qué... por qué me haces esto, Diego?
La voz de Mónica sonaba ronca, casi inexistente. Sus lágrimas rodaban a borbotones, empapando la tela de la almohada que ahora abrazaba con fuerza en el suelo de la habitación, después de haberla arrojado momentos antes con frustración.
*¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!*
—¡Mónica! ¡Abre la puerta, mi amor! Sé que estás ahí dentro. ¡¿Te encuentras bien?! —La puerta de madera vibró bajo los golpes ansiosos de la señora Martínez.
—¡Lárgate! ¡No me molestes! ¡Déjame en p