—¿Mónica sabe de nuestro contrato, Diego?
La voz de Elena tembló. Sus tangan, que antes descansaban cómodas sobre el firme pecho de Diego, se deslizaron lentamente hacia abajo. Dio un paso atrás, abriendo una distancia entre ambos en medio de la penumbra de la gran sala de la mansión.
Diego no respondió de inmediato. Se limitó a clavar la mirada en el brusco cambio de expresión de su esposa. Su mandíbula se tensó y luego exhaló un largo suspiro.
—Fue a mi oficina a mediodía —explicó Diego. Cami