—¿Era especial?—Antes sí, sekarang no. Sekarang feliz con otra chica.—¡¿Qué quieres decir?! —Diego habló un poco fuerte por la sorpresa; Elena se expresaba como si él la hubiera traicionado.—Olvídalo, Arez. Para mí, él ya está muerto —respondió Elena, mirándolo con dureza, fastidiada por lo metiche que resultaba respecto a su pasado.—De acuerdo... De acuerdo... —replicó Arez, molesto, y se quedó en silencio.—¿Qué te pasa, señor Arez? Pareces ido.—¿Ido? Para nada. ¿Acaso crees que estoy extrañando a tu difunto exesposo?Diego dejó escapar una risa cínica, cruzándose de brazos mientras se reclinaba con soltura contra el respaldo de su sillón de trabajo. Su voz era plana, pero sus ojos estaban clavados en Elena, quien seguía inmóvil frente al escritorio. En su pecho, el corazón le latía al doble de velocidad. La pregunta de la mujer acababa de impactarle de lleno en las costillas.Elena entrecerró los ojos y entreabrió los labios, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar
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