—Ya pasó media hora de tu tiempo de almuerzo, Elena.
Elena detuvo el movimiento de la franela de microfibra sobre la mesa de recepción. Levantó la vista y se encontró con Arez, parado junto a su escritorio, con una mano metida en el bolsillo de sus pantalones de trabajo, característicos de su puesto de supervisor. El hombre colocó una bolsa de papel marrón justo al lado del balde de limpieza de Elena.
—No tengo hambre todavía, señor Arez —dijo Elena mientras movía ligeramente la bolsa para que