El auto conducido por Sergio avanzaba cortando la oscuridad de la noche, dejando atrás el bullicio de Pasiro para adentrarse en una silenciosa zona colinar. Elena apoyó la cabeza en el pecho de Diego, escuchando cómo los latidos de su corazón recuperaban poco a poco la calma. Por primera vez en los últimos tres años, una cálida sensación de seguridad se filtró en lo más profundo de su ser.—Casi llegamos, jefe —dijo Sergio rompiendo el silencio, mientras desviaba el vehículo hacia un camino de tierra flanqueado por frondosos árboles.Al final del sendero, un pesado portón de hierro se abrió automáticamente. Una villa de estilo moderno, tenuemente iluminada, se erigía oculta tras el espeso follaje. Apenas el auto se detuvo frente al porche, la puerta principal de la casa se abrió y un hombre salió a recibirlos a toda prisa, con el aliento agitado.Martin.—¡Diego! ¡Elena! —Martin los recorrió con una mirada llena de angustia mientras Diego ayudaba a Elena a bajar del vehículo—. ¿Están
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