—No te esfuerces demasiado si todavía estás cansada, Elena. Siéntate, deja que la abuela se encargue del resto.Elena interrumpió el movimiento de sus manos, que en ese momento acomodaban unas tazas de cerámica sobre un viejo estante de madera. Giró la cabeza y le dedicó una leve sonrisa, visiblemente forzada, a la anciana que barría el suelo de cemento.—Estoy bien, abuela. Solo quedan estas pocas cosas —respondió Elena, con una voz que sonaba plana, desprovista de la vitalidad que solía irradiar en el pasado.La abuela Nancy detuvo la escoba. Se quedó mirando fijamente la delgada espalda de su nieta, ataviada ahora con un sencillo y holgado vestido de algodón. Desde que llegaron a este pequeño y apartado pueblo hacía dos días, Elena no se había tomado un verdadero descanso. La joven no paraba de ocuparse en algo, como si, de detenerse aunque fuera por un solo segundo, los amargos recuerdos de Madrid fueran a asfixiarla de inmediato.—Acabas de salir del hospital, Elena. Perder a ese
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