—«No necesitas trabajar de esta manera, Elena. Yo puedo mantenerte», la voz de Sebastian, suplicando la noche anterior, seguía resonando en los oídos de Elena mientras observaba su reflejo en el espejo aquella mañana.Elena negó con la cabeza, ahuyentando aquel recuerdo molesto. Se ajustó la sencilla camisa blanca y los pantalones de tela negra, ya un poco gastados. Atrás habían quedado los vestidos de diseñador de miles de euros que antes llenaban el vestidor de la mansión de Diego en Madrid. Ahora, no era más que una mujer común que necesitaba ganarse la vida en Pasiro.Tomó su teléfono, verificando una vez más la dirección que aparecía en el correo electrónico de citación para la entrevista que había recibido hacía dos días.—Valle de Pasiro, inversiones —murmuró Elena, leyendo el nombre de la gran empresa que acababa de abrir una sucursal en aquel pequeño pueblo.El puesto que había solicitado por internet era el de personal de limpieza. Elena sabía que, con su formación, podría h
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