Elena estrujó el teléfono entre sus manos hasta que sus nudillos se tornaron completamente blancos. Sus ojos permanecían fijos en aquella única línea de texto que acababa de recibir de un número desconocido. Los latidos de su corazón repicaban con fuerza en su pecho, provocando una punzada de dolor sutil en la parte baja de su vientre.
—Abuela, tengo que salir un momento —dijo Elena mientras se dirigía a toda prisa hacia la puerta principal.
La abuela Nancy, que en ese momento barría el suelo d