—A partir de hoy, no saldrás de esta casa, Elena. Ni un solo paso.Elena detuvo el movimiento de sus manos, que en ese momento abrochaban los botones de su blusa. Se giró para mirar a Diego, quien permanecía rígido junto a la puerta de la habitación. El rostro de su esposo estaba pálido y sus ojos, enrojecidos, delataban que no había pegado un ojo en toda la noche. Al otro lado de la ventana, los restos de la lluvia nocturna aún empañaban los cristales, dejando una profunda sensación de melancolía en el ambiente.—¿Estás bromeando? —Elena soltó una pequeña risa, intentando aligerar la tensión—. Diego, tengo una cita con el obstetra para el control médico. Después quería pasar por la librería.—Ya cancelé todas tus citas —la interrumpió Diego. Su voz era plana, desprovista de emoción, pero con una firmeza que no admitía réplicas—. El médico vendrá aquí. Cualquier cosa que necesites, solo dímelo. Haré que mis hombres la compren.Elena se acercó a él. Le tocó el brazo y sintió cómo los m
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