HASSAN AL-ÁSAD Camino hacia la oficina de Malak y Raissa me sigue; tardamos unos segundos en llegar y, al hacerlo, entro primero y luego me sigue ella. Observo cómo cierra la puerta. Me cruzó de brazos esperando que comience a hablar. —Hassan, yo te a... —habla, pero la detengo antes que siga.— Raissa, no quiero que me hables de amor ni de sentimentalismo baratos y estúpidos; estamos aquí para hablar y resolver todo esto y dejarte claro que te quiero lo más lejos posible de mí y de mi esposa.—No puedo alejarme de ti, Hassan, no puedo hacerlo, yo también he sufrido mucho y estoy arrepentida por lo que hice —susurra con lágrimas en los ojos y una risa seca escapa de mis labios al escuchar semejante estupidez, ¿arrepentida?, por Allah esta mujer no conoce esa palabra. —¿Arrepentida? —preguntó y esta asiente—. ¡Arrepentida!, ¿de qué, Raissa?, ¿arrepentida de ponerme en contra de mi padre? O, ¿arrepentida de haberme utilizado? O, ¿arrepentida de haberme engañado con mi primo? O, ¿arr
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