HASSAN AL-ÁSAD Camino hasta donde hay una silla, la tomo y la acerco, colocándola a un lado de la camilla. Me siento y tomo la mano de mi chiquilla, detallo su rostro, sus delicados rasgos. Es cierto, desde que la vi por primera vez, me di cuenta del enorme parecido que había entre ellas dos; sabía perfectamente que ella no era Raissa. Pero desde el primer momento en que vi sus ojos, en que vi esas preciosas piedras jades que adornan su rostro, me rendí ante ella, me rendí a su forma tan osada de llevarme la contraria, a la forma tan decidida de hablarme sin importar quién soy; solo Allah sabía cuánto me rehusaba a volver a amar, mi corazón estaba enterrado en lo más profundo... La verdad, no lo sé; podría decir en lo más profundo de mi ser, pero hace mucho que dejé de sentirme humano, que dejé de sentir compasión por alguien más; tampoco podría decir alma, porque hace mucho que dejé de tener alma. Sé perfectamente que he fallado en mi matrimonio, y no lo digo porque permití que Ra
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