HASSAN AL-ÁSADEl rugido de mi voz aún resonaba en las paredes del palacio. La ira me consumía, un fuego frío que me helaba la sangre, una furia que solo rivalizaba con la que sentía hacia mí mismo. La había buscado por todas partes, rastreando cada rincón, cada sombra. Mi mente, que generalmente era un laberinto de estrategias y cálculos fríos, se había convertido en un torbellino de pánico y remordimiento.Jamil me había informado que, desde que salí en la mañana, mi mujer había hecho lo mismo, y de eso ya habían pasado demasiadas horas. Sabía que esto era mi culpa, que yo la había orillado a irse. Sabía que alejarme y mostrarme frío y distante con ella le hacía daño, pero en mi estúpida arrogancia pensé que hacía lo correcto; era mejor mantenerla apartada mientras resolvía mi maldito dilema.Las horas se arrastraron sin que supiera nada de ella. Marcaba incesantemente su número, el de Ethan, el de Amina, y ninguno respondía. Miles de imágenes, una peor que la otra, pasaban por mi m
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