JADE AL-QALA
Pero antes de que pudiera consolarme o proponer alguna acción, la verdadera razón de mi desesperación, la más grande de todas, se abrió paso. No era algo que pudiera guardar. Tenía que decirlo, aunque el miedo me atenazara.
Miré a Malak, quien ahora se había detenido frente a mí, su mirada expectante. Mis ojos se llenaron de lágrimas frescas, no solo por el dolor de la traición, sino por el peso de lo que estaba a punto de confesar.
—Hay... hay algo más, Malak —mi voz era apenas u