El ruido blanco del hospital era lo único que llenaba el silencio de la habitación. El pitido constante del monitor cardíaco, el zumbido de los aires acondicionados, el eco de pasos apresurados en el pasillo. Olía a alcohol, a medicamentos, a algo que no podía nombrar pero que reconocía como el olor de la espera. Luisa estaba sentada junto a la cama de su padre, con las manos entrelazadas sobre el regazo, los dedos fríos, los ojos fijos en el rostro pálido de Orlando.Había pasado horas así. Desde que lo trajeron de urgencia. Desde que los médicos entraron y salieron, con sus batas blancas y sus caras serias, hablando en voz baja, mirando los monitores, moviendo la cabeza con gestos que no prometían nada bueno. Pero al final, después de lo que pareció una eternidad, uno de ellos se acercó a ella y le dijo: "Está estable. Por ahora. Pero necesita reposo absoluto. No puede moverse. No puede estresarse. No podemos asegurar nada, pero hemos frenado el daño".Luisa respiró. No era un alivi
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