El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la suite principal, tiñendo el mármol y las sábanas de un tono dorado. Asley abrió los ojos lentamente, sintiendo una calidez que hacía años no experimentaba. Al girarse, descubrió que el espacio a su lado estaba vacío, pero la marca en la almohada y el persistente aroma a sándalo confirmaban que la noche anterior en la biblioteca no había sido un sueño. Se sentó en la cama, ajustándose la bata de seda. En la mesa de noche, junto a una taza de café humeante, había una pequeña nota con la caligrafía firme de Dante: “Tuve que salir temprano al hangar del norte. El papeleo de la transferencia está listo. El imperio de tu padre regresa a tus manos hoy. Te veo en la noche, mi Señora Moretti”. Una sonrisa real, desprovista de la frialdad de los últimos meses, iluminó el rostro de Asley. Se puso de pie y caminó hacia el ventanal. El cielo estaba despejado; la tormenta finalmente había quedado atrás. Sin embargo, a unas pocas
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