ELENAEl olor a sexo y humo de leña fue reemplazado, en un latido, por el hedor metálico y dulzón de la sangre arterial. Stefan estaba pálido, una sombra de sí mismo, desplomado sobre la mesa de madera donde hace apenas una hora yo imaginaba una cena tranquila. La cabaña, mi pequeño santuario de pieles y susurros, se transformó en una carnicería iluminada por la luz vacilante de las lámparas de aceite.—¡Elena, haz algo! —el grito de Rouse fue un cuchillo que cortó el aire. Estaba temblando, sus manos manchadas con la sangre de Stefan mientras intentaba presionar la herida en su muslo superior.—¡Busca el botiquín de emergencia bajo el fregadero! —le ordené, mi voz recuperando la autoridad clínica que creía haber perdido en el Yukón. Miré a Alaric. Él estaba junto a la ventana, cargando su rifle, pero sus ojos estaban fijos en su primo. La mandíbula le temblaba, una grieta mínima en su máscara de hierro—. ¡Alaric, necesito luz! ¡Todas las lámparas que encuentres!Él no cuestionó. E
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