Sus ojos grises, usualmente gélidos y calculadores, están ahora inyectados en una rabia asesina, y su mano derecha, la que todavía conserva el vendaje manchado de sangre de la noche anterior, se cierra en un puño que tiembla por el esfuerzo de no sacar el arma que asoma en su cintura. La presencia de Adrián consume todo el espacio, transformando la clínica en una extensión de su propia mazmorra personal. –¿Crees que puedes huir de mi casa, robar uno de mis autos y venir a este lugar para revolcarte en los brazos de este perdedor mientras mi paciencia se agota en la sala de juntas? Te di todo, Valeria. Te di seguridad, te di poder, te di mi propia sangre en esa mesa, ¿y así es como me pagas? ¿Buscando el consuelo de un hombre que no tiene ni la mitad del valor que yo tengo en mi dedo meñique?. Valeria colapsa del miedo, sintiendo que sus piernas ceden ante la presión psicológica que Adrián ejerce sobre ella, y es Richard quien tiene que sostenerla con fuerza para evitar que caiga
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