Valeria deja la botella sobre la mesa con un clic seco que resuena en el comedor como un disparo. Levanta la vista y, por primera vez en días, sus ojos brillan con un fuego oscuro que hace que Alice retroceda imperceptiblemente.–Richard no te dejó por mi culpa, Alice, te dejó porque eres una perra mentirosa que construyó una vida sobre una base de engaños que ni siquiera tú podías sostener –dice Valeria con una voz gélida y cortante. – Te duele que la verdad haya salido a la luz porque ahora no tienes a quién manipular, y si estás aquí hoy, humillándote de esta manera frente a un hombre que solo te usa para molestarme, es porque realmente no tienes dignidad. Me das lástima, Alice, porque al menos yo sé quién es mi enemigo, pero tú no tienes ni idea de que eres tu propia destrucción.La mesa queda en un silencio absoluto. Adrián observa la escena con los ojos entrecerrados, deleitándose con la rebelión de su secretaria, pero manteniendo su papel de juez implacable.–¡Cómo te atreve
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