Adrián deja la copa sobre la mesa con un golpe seco, y el sonido resuena como un disparo en la terraza. –Valeria tiene todo lo que necesita porque yo soy su mundo, De Lucca, y te sugiero que mantengas tu enfoque en las rutas de transporte y no en la libertad de mi prometida, a menos que quieras descubrir lo que sucede cuando alguien intenta auditar mi propiedad privada –responde Adrián, y su voz es un latigazo de advertencia que hace que los otros socios bajen la vista hacia sus platos. Sin embargo, De Lucca, envalentonado por el alcohol y por la provocación constante que representa el vestido de Valeria, estira la mano sobre la mesa y, en un movimiento rápido, intenta rozar la mano de ella que descansa cerca del cubierto. Valeria retira la mano instintivamente, pero el contacto se produce por un milisegundo, un error fatal que rompe el frágil equilibrio de la noche.En un parpadeo, Adrián reacciona con una violencia quirúrgica que deja a todos paralizados: no grita, no se levanta
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