Días después, el ambiente en la sala de reuniones no se siente distinto al de la primera vez que Valeria estuvo allí… pero ella sí lo es. El aire está viciado, cargado con el aroma de tabaco caro, cuero viejo y ese olor metálico, casi eléctrico, que precede a la violencia o a los negocios que se sellan con sangre. El trayecto hasta este almacén portuario, camuflado bajo la fachada de una importadora de maquinaria pesada, había sido un silencio sepulcral dentro del blindado de Adrián. Él no le había dirigido la palabra, pero su mano no se había apartado de su muslo en todo el camino, una presión constante, posesiva, que le recordaba que ella no estaba allí como su empleada, sino como su propiedad. Ahora, de pie tras su hombro derecho en una sala iluminada por focos industriales que proyectan sombras alargadas sobre las paredes de hormigón, Valeria siente el peso de las miradas ajenas. Los hombres sentados a la mesa no son los socios habituales de la corporación Volkov; estos tienen c
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