En un movimiento desesperado, aprovechando que D’Agostino desvía una de sus manos para desgarrar con saña la seda de su escote, Valeria desliza su mano libre hacia la pretina de su falda. Ahí mantiene oculta la pistola de calibre corto que le arrebató al guardia en el pasillo superior, sintiendo el peso del metal como su última línea de defensa. Sus dedos, helados y cubiertos de un sudor pastoso, encuentran finalmente el armazón de metal, por lo que, con un esfuerzo sobrehumano que le tensa cada músculo del abdomen, logra quitarle el seguro al arma. El chasquido sordo se pierde de inmediato entre los gruñidos animales del hombre que la somete, permitiéndole a ella, guiada únicamente por el instinto ciego de supervivencia, presionar el cañón directamente contra la masa muscular del estómago del mafioso y apretar el gatillo sin dudar un solo segundo.–¡Carajo, maldita perra desalmada!– grita D’Agostino con un alarido de dolor atroz que desgarra el silencio sepulcral de la biblioteca, a
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