El capo ruso acorta la distancia con pasos lentos y pesados, dejando que la suela de sus botas de combate resuene en el cemento húmedo, y sin mediar palabra formal, descarga una bofetada seca sobre la mejilla derecha de la joven, un impacto que le vuelve la cabeza de lado con violencia y hace que el hilo de un fino labio partido comience a sangrar de inmediato, tiñendo de carmín la palidez de su barbilla.–¿Creerte a ti, una mujer que tiene el engaño codificado en cada maldito centímetro de su anatomía? Estás completamente loca, Valeria Pritchet, si piensas que volveré a caer en tu red de mentiras –le sisea él de forma despiadada, arrodillándose frente a ella de tal modo que sus muslos forrados en sastre presionan las rodillas descubiertas de la prisionera, generando una fricción abrasadora que contrasta brutalmente con el agua helada del suelo. – A ti no te creo absolutamente nada desde el día en que abriste mis cajas fuertes, y por esa misma razón te juro que sufrirás con creces ca
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