De repente, un subordinado de Richard irrumpe en el espacio como una sombra de muerte, con la mirada desorbitada y el cañón de un arma apuntando directamente al centro del pecho de Valeria.–¡Señor, abajo! –brama el sujeto con una voz rasposa que rebota en las paredes de mármol.El instinto de Adrián es más rápido que el miedo. No hay duda en sus ojos, no hay un solo segundo de vacilación mientras se lanza hacia adelante, interponiendo su propio cuerpo para convertirse en el escudo de la mujer que ama. El estallido del disparo rasga el aire, un sonido seco, ensordecedor, que se clava en los oídos de Valeria antes de que ella pueda comprender la magnitud de la tragedia.–Carajo… –gruñe Adrián, y el sonido que escapa de su garganta es un lamento ahogado, un crujido de dolor puro mientras sus dedos se entierran desesperadamente en su costado derecho, intentando inútilmente contener el torrente carmesí que comienza a manchar su camisa blanca.A pocos pasos, Richard observa la escena c
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